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Pasaba casi a diario ante la gran casa que marcaba un hito en la mitad Los ladridos de un perro (que bien podría ser guardián, por la ferocidad que aquéllos destilaban) le acompañaban desde los tres metros anteriores a la labrada cancela de hierro hasta el final de los tres posteriores; entendidos, todos ellos, como parte de la acera por la que él caminaba; esto es: como zona exterior al recinto al que se accedía si se traspasaba la trabajada verja. Cada vez que por allí andaba recordaba las tardes en las que, durante un verano de treinta años atrás, solía ir a nadar, en compañía de una chica francesa, a la piscina que había excavada en el costado sur de la finca. La muchacha extranjera debió conocer a los dueños de la mansión o tener algún tipo de contacto con personas que les conocieran de primera mano, pues en su memoria -de él- no quedaban rastros (ni restos) por los que pudiese determinar que aquellos baños se llevaran a cabo debido a su propia iniciativa. Rememoraba con frecuencia aquellas placenteras y despreocupadas tardes. El jardinero -al parecer, único ser humano que llegaran a vislumbrar dentro de la propiedad a lo largo de tantas visitas- se había estado limitando a saludarles y a desplazarse, cuando les veía entrar, a algún extremo del jardín lejano a la piscina con el más que probable fin de no molestarles. Mas los pertinaces ladridos de perro, en todas las ocasiones, le disipaban tan singular apetito. A fin de cuentas, tampoco era tan importante el asunto; ni siquiera conocía personalmente a los propietarios de la hacienda, si bien se sabía de ellos en todos los círculos de la clase media-alta (quizás, de la mera clase alta) de la ciudad; condición que él, obviamente, nunca había ostentado; tampoco había deseado, nunca, caer en tan profundo abismo. Las gentes que poseían casas de tal guisa, sin embargo, no podían permanecer anónimas ante sus conciudadanos menos pudientes...; aunque siempre haya existido, en la conciencia colectiva de las masas, la intangible sensación de que "los individuos verdaderamente poderosos saben permanecer en prudentes y cómodas penumbras". A pesar de la gran zancada que el tiempo había dado sobre la vida de tan singular personaje, la cancela de entrada parecía ser la misma y no se advertían, sobre ella, las pertinentes huellas que suele dejar el paso del tiempo. El jardín se mostraba, todos los atardeceres, tan espléndido como cuando él lo descubriera: además de tratarse de un pensil frondoso, contenía raros y exóticos ejemplares de plantas tropicales. El porche siempre aparecía muy bien iluminado desde los minutos inmediatamente anteriores a la caída de la noche. (Fenómeno que, por otra parte, acaecía con extrema lentitud). Las perolas que hacían de maceteros ofrecían un sempiterno brillo. Los amplios ventanales del edificio dejaban entrever -en su planta baja- espaciosas habitaciones noblemente amuebladas, cuyos enseres se mostraban tenuemente iluminados por rancias lámparas de luz indirecta. De igual manera debía suceder en los dos pisos superiores, pues los resplandores que de ellos procedían resultaban ser de la misma naturaleza que los que provenían del piso bajo, si bien era imposible, desde la acera exterior, atisbar mobiliario alguno en las plantas altas; aunque éste se columbrara mediante una sencilla operación deductiva."Es una casa llena de vida", solía decirse el hombre de mediana edad cada vez que cruzaba su paso ante ella. No se trataba, en modo alguno, de una persona demasiado apegada a los bienes terrenales; mas, en sus frecuentes (y fugaces) estados depresivos, se lamentaba de no pertenecer a la misma clase social en la que parecían estar integrados los dueños de la dichosa hacienda. Cuando salía de esos pequeños trances se avergonzaba de haber tenido tan malos pensamientos. Sólo había penetrado en el recinto de la finca a causa de la amistad que aquella estudiante francesa tuviese con sus propietarios (o con algún intermediario entre ella y éstos) y, de otra parte, con él mismo. Había sido, en realidad, una especie de intruso cuando, treinta años atrás, atravesase, repetidamente, el umbral de aquella cancela y se dirigiera a la solitaria piscina, transgrediendo, de alguna manera, las reglas que las altas clases sociales habían impuesto a las medias y a las bajas... "Me siento como deben hacerlo los cosmonautas de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas cuando efectúan un servicio espacial que, al regresar a su país, les propicia el pasaporte a la clase de los héroes. ¡Me siento como quien se cuela de rondón! ¡Me siento como un verdadero gorrón!", se había repetido, hasta la extenuación, cada vez que atravesaba la hermosa verja durante los años de la década de los años sesenta del (a extinguir) Siglo XX. Bien cierto era que nunca había llegado a entrar en la casa. Su amiga sólo podía invitarle a tomar los baños, sin más. Pero, desde entonces, la curiosidad, respecto del edificio, había ido aumentando paulatinamente en las retículas del deseo de su cerebro. Inexorablemente. El Destino había querido que recalase en un barrio de bloques de viviendas situado unos doscientos metros al sur de la mansión de sus desvelos. Peatón de los de toda la vida, como él lo era, no podía evitar tener que pasar muy a menudo -quizás, demasiado, para lo que su cuerpo parecía estar dispuesto a aguantarle- ante la dichosa casa.
(c) Copyright by Antonio Gualda Jiménez.
1999.
(Obra registrada en la Propiedad
Intelectual).
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Fecha de la última actualización Octubre 22, 2000 © Copyright 1999- Marcia Alejandra |